El Viaje I

Subí al bus en el terminal Sur de nuestra capital. La distancia Santiago - Ancud es de 1106 Km. y el transporte demora aproximadamente 16 horas, por lo tanto tuve bastante tiempo para pensar.

Aún no cumplía 50 años y mi vida se acababa. ¿Qué había hecho en ese tiempo?

Recordé mi infancia cuando vivía con mi madre: era un niño feliz.

Pasado casi medio siglo, había hecho muchos esfuerzos y sacrificios, conseguido algunas cosas, y era un viejo enfermo y amargado.

Eso no era lógico.

Esa noche alojé en el Hotel Lydia de Ancud y temprano en la mañana partí hacia Quemchi. Me bajé en el cruce del camino que va de Quemchi a Dalcahue y empecé a caminar hacia el sur. Por suerte esa mañana no llovía, pero por el ripiado, gris y solitario camino no transitaba nadie. Eso estaba mal, porque en mi precario estado, difícilmente podría caminar más de 50 metros sin descansar. Además llevaba la maleta. ¿Alcanzaría a llegar a tiempo a la cita?

Me habían dicho:

Eran las 8.10 y me faltaban varios kilómetros.

Pero ocurren esas coincidencias, que según algunos dicen, no son tales.

Mientras descansaba, sentado en la maleta, después de haber recorrido unos 600 metros desde el cruce, apareció por el norte una camioneta. La manejaba el hijo de un amigo vecino de Quemchi y que venía desde Tubildád. Me vio e inmediatamente se detuvo.

¿Cómo está don Ernesto?, ¡Casi no lo había conocido!

Tiré la maleta hacia el pick up de la camioneta y subí a la cabina.

¿Para donde va?
-Déjame a la entrada de Choen.

Mi aspecto no debe de haber sido muy saludable, ya que durante el corto viaje noté como el muchacho me miraba de reojo. De repente no aguantó más y preguntó:

¿Le pasa algo don Ernesto?

En ese momento me bajó un ataque de tos y entre ahogo y ahogo, le respondí:

- Debe de ser la gripe.
Cuídese, mire que se ve muy pálido.
- Déjame hasta aquí nomás,- la dije al ver que ya entrábamos a la curva que pasa frente a Choen.

Al detener la camioneta me preguntó:

 ¿Quiere que lo acompañe?

De todo corazón le habría dicho que si, ya que no me encontraba capaz de bajar hasta la orilla del mar cargando la maleta, pero tuve que decirle:

-No gracias, déjame.

Me ayudó a bajar, subió nuevamente a la camioneta y se alejó lentamente mirando por el espejo retrovisor. Su cara era de extrañeza.

No es para menos, ya que Choen no es un pueblo o un villorrio, solamente es un lugar. Seguro que aun se estará preguntando hacia donde iba yo ese día, a esa hora, con una maleta y con esa cara de cadáver.

Cosas tan simples como esta, muchas veces, cuando son miradas desde otro punto de vista y con datos incompletos, sirven para dar pie a leyendas, a lo que los chilotes son muy afines.

En los pueblos chicos de La Isla, todo el mundo se conoce mutuamente y cuando el muchacho llegó a su destino, contó que se había encontrado conmigo temprano en la mañana y que me había dejado en Choen. Le contestaron que eso era imposible, ya que yo hacía dos meses que me encontraba en Santiago, lo que era cierto. Eso, sumado a mi cara de difunto y a que en los meses siguientes, efectivamente no estuve en mi casa de Chiloe, dio pie a toda clase de especulaciones sobre mis poderes sobrenaturales.

Comencé a bajar hacia lo orilla del mar y en uno de los recodos del sendero miré para abajo y divisé la inconfundible figura blanca del Mytilus II, navegando a marcha mínima hacia el centro de la rada.

Poco después y mientras descansaba agotado, a medio camino, vi como bajaban el Zodiac. Algunos minutos después logré abordarlo, ya en el límite con la extenuación. Estoy seguro que de no haber sabido que ese viaje podría salvar mi vida, no habría sido capaz de llegar hasta la playa.

Recordé que pocos meses atrás fui a ese mismo lugar a buscar unos animales y bajé y subí corriendo el mismo sendero.

A bordo me dieron la bienvenida Ariel, Rafael, Samuel y Alberto. Además viajaba otro personaje, que me presentaron como Sigfried, de unos 60 años aproximadamente, que no hablaba español y que contemplaba con la boca abierta las riveras de los canales por donde íbamos pasando, exclamando a cada rato:

¡Wunderbar!

Lo acompañaban varias maletas negras, las que cada cierto tiempo abría, revisando su contenido. Vi que este se trataba de instrumentos ópticos o electrónicos, los que descansaban en un molde de espuma. Una vez lo interrogué con la mirada, como diciendo ¿Qué es eso?. Solo se limitó a responder:

¡¡Delicaaado!!

El Mytilus II conducido hábilmente por Alberto ahora navegaba a buena velocidad, seguido solo por algunas tuninas, que son los delfines de la zona.

Poco rato después estuvimos a la cuadra de Achao, en cuya bahía nos detuvimos por unos momentos.

Vi que tiraban el ancla y luego bajaban el Zodiac, el que fue abordado por Ariel y Samuel. Los seguí con la vista y vi que se dirigían a abordar otra embarcación que estaba anclada más cerca de la costa que nosotros.

Se trataba de una lancha más pequeña que el Mytilus II y si no me equivoco su nombre era Quenac. Pasaron como 20 minutos cuando vi que el Zodiac volvía, con sus dos tripulantes mas unos cestos de totora.

Una vez que todos estuvieron a bordo, Alberto hundió los aceleradores y pusimos rumbo al sur, ahora a considerable velocidad, tanto, que yo, a pesar de lo mal que me sentía, afloró en mi la afición “tuerca” y no pude menos que preguntarle a Alberto, qué pasaba. El me explicó que habían cambiado los motores y ahora había dos Detroit Diesel, de mas de 300 Hp. cada uno.

Traté de seguir hablando con Alberto, pero como en el puente había ruido me vi obligado a subir el volumen de mi voz, lo que me causó otro ataque de tos.

Esto es desagradable, pero para que comprendan el estado en que me encontraba, debo contarles que cuando una persona lleva varios días tosiendo se comienzan a resentir los músculos del pecho y del estomago, lo que sumado a una ciática que me había comenzado, me producía terribles dolores en cada espasmo, los que no podía controlar.

Rafael se acercó a mí, al mismo tiempo que le hacía una seña a Alberto, el que luego apareció con una pequeña botella de aluminio con lo que yo creí era oxigeno.

Comencé a aspirar el gas, y una vez que me hube calmado un poco, Rafael me ofreció, en un vaso largo de cristal, algo que yo pensé era un cocktail. Su sabor era agradable, similar al de un Vermouth y me di cuenta que efectivamente contenía alcohol. Me pidió que me lo tomara lentamente, mientras me examinaba, me tomaba la presión y conversábamos.

Antes de 15 minutos ya no tenía tos, y lo más increíble es que me sentía bien, tan bien que incluso casi olvido el propósito del viaje. Me volvió el buen humor y comencé a hacer preguntas.

¿Qué es esto?- pregunté alzando el vaso.
Es un preparado en base a Canabirina - respondió Rafael.
¡O sea que ahora estoy volando!
Volando no, pero...
¿Uds. aceptan el uso de drogas?
Es que lo que tu llamas drogas, provienen deplantas creadas por Dios para ayudar al ser humano
¿Y todos los estragos que causan?
Los estragos, no los causan las plantas sino loshombres, en su afán de placer ilícito y 
enriquecimiento
¿También usan la coca?
La coca es una panacea mejorada genéticamente y traídaaquí hace miles de años para sanación
y consuelo de los nativos y perdición para los blancos invasores.
¿Y quién la trajo?
Los mismos que mandaron trazar las líneas de Nazca.

2 comentarios:

  1. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  2. Hola,me interesa tu blog.
    Tengo dificultad para leerlo, pues el texto aparece cortado en el margen derecho, cuando el texto es largo.Esto sucede en varias entradas.
    Se podrá solucionar?
    Muchas Gracias!
    Zeta Forest

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